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LAS PALABRAS

08 Nov

Desde niña me he sentido atraída por el poder de las palabras e incluso les he otorgado características mágicas ya que sin ellas no concibo el mundo tal cual lo conozco y, lo que es más interesante, no puedo imaginarme a mí misma sin su descripción. Si bien la realidad sobrepasa los límites de la lengua,  es ésta la que a través de un conjunto de signos, forma parte de las herramientas que construyen las cosmovisiones y modifican la cultura en la que estamos inmersos.

Debemos entender que la lengua es un sistema compartido del cual se derivan o surgen distintos hablas y registros que son los que identifican particularmente a sus usuarios. Varios lingüistas han señalado que no existe un sistema mejor que otro; no obstante, como lo indica Tusón, es la misma fuente (lengua/lenguaje) la que nos reúne y nos distingue, y es ahí cuando surge mi fascinación y preocupación por el poder otorgado a la palabra.

El sistema lingüístico con el que nos desarrollamos, como sucederá prácticamente en todas las sociedades, determina jerarquías y nos opone entre hablantes; esto sucede sobre todo cuando el poder pretende mantener el control a través de la lengua y de su propio estilo, de ahí que en nuestro contexto, no sea lo mismo decir “es para usted” que “es para vos”: ese “usted” implica respeto y está reservado para la autoridad, y el “vos” significa menosprecio. Si lo correcto es aquello exigido por la comunidad lingüística, todo lo que sea distinto dará paso a hacer de menos al otro; por eso es que se dice que las palabras infunden miedos y encubren realidades.

Al mirar el filme 1984, por ejemplo, comprenderemos cómo a través de la dominación de la lengua, a más de los cuerpos, el poder puede mantener a sus súbditos. “Ignorance is strenght” es el lema que atraviesa la narración y en él, podemos constatar cuán importante es el manejo de las palabras y los silencios, en tanto la lengua configura la realidad. La información puede ser manipulada e incluso desintegrada, como lo propone la trama al mostrarnos diccionarios cada vez más cortos, cuyo propósito es el de generalizar a la comunidad, encerrándola en un círculo monótono que evita las singularidades así como los cambios. Debemos entender que la singularidad se opone a la individualidad, ya que esta última implica unidades intercambiables, todas homogenizadas. Si la ignorancia es fuerza, implica que hacer inaudibles a algunas voces (las de la prole en este caso) es lo apropiado para el poder.

Ya Bernstein decía que todos tenemos igual acceso al acto de creación que constituye el lenguaje; no obstante, es inevitable el estar vinculados a un sistema de reglas como parte del proceso cultural a través del cual adquirimos y moldeamos nuestra identidad. Toda persona, sin excepción, se inscribe en un espacio común, o varios espacios si consideramos las diferencias entre lo universal (como ser ecuatoriano) y lo particular (ser joven, quiteño, u otros), y es allí donde se determina la comunicación, al recurrir a diversos procedimientos expresivos que acompañen nuestra habla, tal como las gesticulaciones, entonaciones y demás.

Pensemos en las órdenes y lo que éstas implican puesto que son una línea transversal en la vida, ya que les pertenecen a la familia, la escuela y la sociedad en general. El habla no está compuesta exclusivamente por códigos lingüísticos sino también por la praxis, donde se incluyen las intenciones y las relaciones con el otro. Si soy una hija, mis funciones difieren de la de ser madre o si soy mujer, me distingo de un hombre y esto se debe a los discursos generados en torno a esos términos y al cómo se convence a las personas de lo que son o no, a través del lenguaje.

“Las palabras no son propiedad de las cosas” (Tusón, 1989) pero sí de un sistema organizado que, encubriéndose en la disciplina como lo indica Foucault, distribuye a los individuos en el espacio y se apropia sigilosamente de sus cuerpos, de ahí que las ideas matrices como las del género se arraiguen en el pensamiento y comportamiento de las personas. Si a la niña se le ordena jugar con muñecas y al niño con armas, el perfil de lo femenino y lo masculino se va afianzando en ellos.

La disciplina y las órdenes, dadas con palabras, permiten que las cosas y las personas sean funcionales y precisas. Eso lo corroboramos en varios aspectos de la cotidianidad como la relación entre el profesor y su alumno, donde cada uno debe cumplir con un comportamiento “adecuado” o asimismo, el desenvolvimiento de un adolescente frente al adulto, el cual ha estado enmarcado por frases como “los adultos tienen la razón” o “cuando el mayor habla el chico se calla”.

Ventajosamente, los paradigmas se modifican y, a pesar de que el poder intente reducir las singularidades, la lengua misma permite crearlas. En el caso de la edad, los menores renuevan el lenguaje para diferenciarse de los adultos e interactuar de mejor manera con sus similares y, en ese proceso, cuando surgen términos como “farrear”, “pana”, “bacán” y miles más, es que reaparece la magia. Además, la capacidad de acoplarnos y cambiar de registro de acuerdo a la circunstancia en la que estemos, ya sea con códigos elaborados (para quienes no comparten nuestro contexto) o restringidos (empleados en intimidad con quienes sí lo comparten), de acuerdo a la denominación de Bernstein, vuelve a la lengua un objeto intangible fascinante, al ser infinita en espacio y tiempo.

Podemos decir que las convenciones lingüísticas son necesarias en tanto ordenan la realidad y nos permiten comunicarnos unos con otros a fin de no repetir la historia de la Torre de Babel, donde los hablantes no se podían comprender. Pero, si de ese cuento concebimos el nacimiento de los idiomas y las diferencias, podemos considerar al mundo moderno como esa torre llena de particularidades que lo hacen único. Las distinciones exageradas y manipuladoras expuestas en 1984, donde el Gran Hermano era dueño absoluto de verdades, no son necesarias para la convivencia o supervivencia, mas las individualidades sí lo son, porque nos otorgan una amalgama de oportunidades que no hacen más que enriquecer nuestro propio modo de comunicarnos y dirigirnos al resto y de edificar los entornos.  “Las lenguas son, en un sentido muy especial, lenguas-del-mundo: del mundo que somos nosotros mismos, del mundo que nos rodea y del mundo que construimos”. (Tusón, 1989)

Bibliografía relacionada:

–       Bernstein, Basil. Clases sociales, lenguaje y socialización.

–       Foucault, Michel. Los cuerpos dóciles en Vigilar y Castigar. Buenos Aires: Siglo XXI editores, 1984.

–       Radfod, Michael. Nineteen Eighty-Four-1984. Reino Unido, 1984. DVD

–       Tusón, Jesús. El lujo del lenguaje. Barcelona: Paidós, 1989.

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Posted by on November 8, 2011 in Uncategorized

 

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